Síndrome del impostor al liderar equipos (en la vida real)
El síndrome del impostor no desaparece cuando asciendes: se hace más ruidoso. Un marco para entender qué lo alimenta y cómo lo gestiona quien lidera equipos.
Rocío Joswig
Autora
Hay una escena que se repite en muchas empresas. Alguien dirige un equipo de doce personas, negocia presupuestos, toma decisiones que afectan a resultados reales y, por dentro, sigue esperando el día en que alguien se dé cuenta de que no da la talla. Eso tiene nombre: síndrome del impostor. Y, al contrario de lo que suele creerse, no se cura con un ascenso. Muchas veces el ascenso lo amplifica.
Me parece que es uno de los temas de los que más se habla y peor se entiende. Se ha convertido casi en una etiqueta simpática, algo que se suelta en una comida de trabajo entre risas. Pero cuando afecta a cómo lideras (a cómo delegas, a cómo decides, a cómo te muestras delante de tu equipo), deja de ser anecdótico.
El síndrome del impostor no es falta de capacidad (es un problema de lectura)
La sensación de fraude no aparece en quien no sabe. Aparece, casi siempre, en quien sabe bastante. El concepto lleva décadas circulando en psicología para describir algo muy concreto: la incapacidad de interiorizar los propios logros. No es que no tengas resultados. Es que, cuando los tienes, los atribuyes a otra cosa (al momento, a la suerte, a que el listón estaba bajo, a que alguien te echó un cable).
El mecanismo es una lectura sesgada de la realidad. Los errores se leen como prueba de identidad ("soy un fraude") y los aciertos como circunstancia ("salió bien"). Con ese sistema de medición, ningún logro es suficiente. Puedes acumular quince años de trayectoria y seguir sintiendo que cada proyecto nuevo es el examen que te va a desenmascarar.
La duda que informa y la duda que paraliza
No toda inseguridad es un problema. La duda tiene una función: te hace preparar mejor una presentación, revisar un dato, pedir una segunda opinión. Un líder que nunca duda es, en general, un líder peligroso.
La diferencia está en qué hace la duda contigo. La duda sana te empuja a prepararte y luego te suelta. La duda impostora no te suelta nunca: sigue ahí después de que la reunión haya ido bien, sigue ahí cuando te felicitan, sigue ahí cuando los números salen. ¿Cuándo fue la última vez que un buen resultado te tranquilizó de verdad más de veinticuatro horas?
5 señales de que el síndrome del impostor te está frenando como líder
Lo interesante no es la sensación en sí, sino la conducta que genera. En posiciones de responsabilidad suele traducirse en patrones bastante reconocibles:
- Sobrepreparación crónica. Llegas a cada reunión con tres veces más material del necesario. No es rigor, es un seguro contra el ridículo. El coste no se ve en los resultados, se ve en tus horas.
- Dificultad para delegar. Delegar implica aceptar que el trabajo se haga distinto y quizá peor al principio. Si tu valor percibido depende de que todo salga impecable, soltar da vértigo. El equipo lo nota: se siente supervisado, no confiado.
- Silencio estratégico en las reuniones que importan. Tienes la opinión formada, pero esperas a que alguien la diga primero. Y cuando la dice otro, llega esa mezcla incómoda de alivio y rabia.
- Autodescuento verbal. Frases del tipo "quizá esto es una tontería, pero..." o "no soy experta, aunque diría que..." antes de decir algo perfectamente sólido. Es una manera de rebajar el listón antes de que alguien te lo rebaje.
- Evitar visibilidad. Rechazar la mesa redonda, el artículo, la presentación ante el comité. Se justifica con falta de tiempo, pero por debajo hay otra cosa: cuanto más te vean, más expuesta a que "se den cuenta".
Ninguna de estas señales aparece en una evaluación de desempeño. Por eso se sostienen tanto tiempo: desde fuera parecen exigencia, prudencia o humildad.
Qué alimenta la sensación de fraude en posiciones de responsabilidad
Hay una parte interna, evidente. Tara Mohr trabaja precisamente sobre esa voz crítica interior y sobre cómo tantas mujeres profesionales se hacen pequeñas justo cuando podrían jugar en grande. Esa voz no es tonta: usa tus propios argumentos, conoce tus puntos débiles y aparece en los momentos de mayor exposición.
Pero reducirlo todo a un problema de cabeza es injusto y poco útil. El entorno también empuja.
Cuando el contexto sostiene la duda
Si eres la única mujer en un comité de dirección, la más joven del equipo o la primera persona de tu familia que llega a ese puesto, la sensación de no pertenecer no es solo un invento de tu mente. Hay una falta de referentes real. Y cuando nadie se parece a ti en la sala, el cerebro interpreta esa diferencia como déficit.
Lo mismo ocurre en culturas de empresa donde el error se castiga, donde la retroalimentación solo llega cuando algo falla, o donde el reconocimiento se reparte de forma opaca. Ahí el impostor tiene comida abundante.
Distinguir qué parte es tuya y qué parte es del contexto cambia bastante la conversación. Una se trabaja desde dentro. La otra tiene que ver con decisiones sobre dónde y con quién quieres seguir trabajando.
Liderar con la duda dentro (no esperando a que se vaya)
Creo que aquí está el malentendido más caro. Mucha gente espera a sentirse segura para dar el paso: pedir el ascenso, hablar en el foro, defender la idea impopular. Y la seguridad no funciona así. No llega antes de la acción, llega después, y nunca del todo.
Herminia Ibarra lo formula bien cuando habla de identidad profesional: no se construye reflexionando primero y actuando después, sino actuando y dejando que la identidad se reacomode. Uno se convierte en líder liderando, no pensando en si merece serlo.
Eso no significa forzarse. Significa cambiar la pregunta. En lugar de "¿estoy preparada?" (una pregunta imposible de contestar con certeza), hay quien encuentra más útil preguntarse "¿qué necesito para dar este paso con un riesgo razonable?". La primera bloquea. La segunda organiza.
Algunas preguntas para ubicarte
No son un ejercicio cerrado, son material para pensar:
- ¿A qué atribuyes tus tres últimos logros profesionales? ¿A ti, o a factores externos?
- Si un miembro de tu equipo hiciera exactamente tu trabajo, ¿cómo lo valorarías?
- ¿Qué te estás perdiendo por esperar a sentirte lista? ¿Proyectos, conversaciones, dinero?
- ¿Con quién puedes hablar de esto sin que te lo despachen con un "pero si lo haces genial"?
- ¿Qué parte de tu inseguridad es información útil y qué parte es solo ruido conocido?
Lo que cambia para el equipo cuando el líder deja de fingir
Hay una consecuencia poco comentada. Quien vive con la sensación permanente de fraude tiende a protegerse, y protegerse suele parecer distancia. Menos conversaciones difíciles, menos reconocimiento del error propio, más control.
Los equipos no necesitan un líder infalible. Necesitan uno predecible, claro en sus criterios y capaz de decir "no lo sé, vamos a averiguarlo" sin que se le caiga la autoridad. Esa frase, dicha desde la calma y no desde el pánico, hace más por la confianza de un equipo que diez presentaciones perfectas.
Y conviene recordar algo: el síndrome del impostor no se resuelve con una frase motivadora ni con una lista de afirmaciones delante del espejo. Es un patrón de interpretación que lleva años funcionando. Se desmonta despacio, con evidencia acumulada y, en muchos casos, con alguien delante que devuelva una lectura distinta de los mismos hechos.
Si te has reconocido en varias de estas señales y llevas tiempo dando vueltas a lo mismo sin que cambie nada, quizá no sea cuestión de más esfuerzo, sino de mirarlo acompañada. Si te resuena, hablemos: puedes escribirme desde rociojoswig.com o seguir leyendo sobre liderazgo, claridad y desarrollo profesional en el blog.
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